jueves, 2 de enero de 2020

Report 58: ¿Tengo duendes en casa? Los niños de Yule

Feliz año nuevo, hermanas y hermanos mágicos. Todavía estamos en invierno, lo que me da pie a hablar sobre los duendes de Yule, aunque como siempre, soy una vaga y ya se me ha pasado la fecha del solsticio. Es igual, hacía un tiempo que pensaba en compartir estas mágicas experiencias que estoy viviendo en mi nuevo alojamiento y tierra, ahora que por fin (o no T.T) estoy fuera del nido materno. A lo que voy, estos últimos meses he podido disfrutar de la visita de unos diminutos amiguitos en mi morada, o al menos, a esa conclusión he llegado a la hora de analizar los acontecimientos misteriosos.

No es de extrañar que en las fechas que rodean las ocho festividades paganas ocurran fenómenos relacionados con la presencia de nuestros "buenos vecinos". Las hadas, o como bien gustéis llamarlas, están especialmente activas en estas fechas; en mi caso, alrededor de Yule, y reforzado por las múltiples llamadas que he ido efectuando en mi nueva lar a los elementales. Así que supongo que me están diciendo que han escuchado mi llamada de invitación, y yo, por supuesto estoy la mar de contenta.

¡Sed bienvenidos!

Los apodé, cariñosamente, "niños de Yule". Este concepto ya existe en la mitología y hace referencia a los 13 hijos de la bruja Gryla que se dedican a hacer trastadas en los hogares antes y durante la Navidad. Para protegerse de dichos seres, tradicionalmente la gente usaba decoraciones de acebo, hiedra y muérdago que colgaban en lo alto de la puerta de entrada en forma de corona. Otro elemento importante en estas fechas es el tronco o leño de Yule, el cual se quemaba la noche del 21 y se dejaba arder hasta el día siguiente. Una vez quemado, las cenizas de éste se usaban para encender el leño del año venidero. La festividad dura hasta el día 6 de Enero, fechas que coinciden con la Epifanía Cristiana.

MIS EXPERIENCIAS:

  • La primera señal fue una cremallera de mi equipamiento motero que se había atascado con el forro y no había tu tía de sacarla de allí sin romper el costoso traje, así que lo dejé sin tocar. A la semana metí la mano al bolsillo y cuál fue mi sorpresa al darme cuenta que la tela estaba perfectamente desatascada sin ningún rasguño. Bueno, ¡sólo puedo decir gracias!
  • Un tiempo más tarde mientras llamaba a los elementos en una pequeña ceremonia en la sala de estar, fui interrumpida más de dos veces dándome cuenta de que algo había apagado la vela verde encarada al norte (simboliza el invierno), me costó la vida poder encenderla otra vez. Para cuando me concentré de nuevo, el incienso al lado de la misma vela se había apagado. Ya no me concentré así que dejé la tarea.
  • La noche después mi pareja había cocinado empanadillas caseras y una de ellas era de
    ingrediente sorpresa, las trajo a la mesa y fuimos comiendo una a una. Yo, adivinando los sabores, me percaté de que habían salido todos menos el sorpresa. Como no nos entraban más dejamos el resto para el día siguiente. A la noche seguimos comiendo empanadas hasta que nos quedamos sin ninguna. «Por cierto, ¿cuál era el ingrediente de la empanada especial?», le pregunté. «Queso», respondió. «¿Es que no te la has comido ya?» «¿Yo? ¡Qué va! Te la habrás zampado tú, ya sabes que tu hada adora el queso». [...] Sin rastro de la empanada. Y no, no me ha mentido, confío en él y mis pájaros están en su jaula. 
  • Justo las noches de la Natividad, a pesar de haber dormido bien, perdía continuamente los
    tapones de los oídos como es habitual en mí. A la mañana los busqué y de 4 solo habían 3, como no los encontraba dejé la cama hecha un desastre (como también es habitual) y me fui al trabajo. ¡A la noche cuál fue mi sorpresa al darme cuenta de que, perfectamente puestos en la bolsita bajo la almohada estaban los 4 tapones! Lo más fuerte es que al día siguiente se volvieron a repetir los mismos hechos sin que nadie interviniera.